
En el número 814 del Boletín de las Cofradías de Sevilla de este mes de octubre, el director de dicho medio y hermano de nuestra corporación, Rafael Jiménez Sampedro, ha dedicado un artículo a nuestra archicofradía en el que expone la historia de la capilla de la Virgen del Rosario. Para interés de los hermanos, lo reproducimos aquí con el objetivo de acercar una época de nuestra historia en muchas ocasiones desconocida.
“Fundada en 1672, la Hermandad de Nuestra Señora del Rosario y Cristo Crucificado tuvo su sede desde su origen en la parroquia de San Vicente Mártir. Aunque la documentación existente no sea abundante, sí nos permite conocer fehacientemente donde se ubicó dentro del templo. Al existir una capilla funeraria desde 1571 en la cabecera de la nave de la Epístola, con entrada por el presbiterio, perteneciente a la familia Ponce de León, el recinto se construiría paredaño al mismo, igualmente con entrada por el presbiterio. De su existencia da fe la propia regla primitiva de la hermandad, redactada en 1691, diecinueve años después de fundarse la corporación, como en su preámbulo se indica, debido a gobernarse en sus comienzos por la regla de la hermandad homónima radicada en la colegial del Salvador. El hecho de redactarse esta norma tuvo que deberse a regular aspectos no previstos en aquella regla, que surgieron a raíz de la pujante vida de la hermandad en sus principios.
Por ello, la referencia existente en el Capítulo XIV, que trata de la entrada de los hermanos, que menciona el “zepillo de las limosnas que está en la Capilla” es un instrumento de primer orden para determinar la existencia de este recinto en el que la hermandad rendía culto a su titular. Al tratarse, además, del documento más antiguo existente referido a la Hermandad del Rosario, no podemos sino interpretar que ya desde sus comienzos la hermandad poseía su propia capilla. A este aserto contribuye, sin duda, la escritura notarial otorgada por el cantero Francisco Rodríguez el 30 de junio de 1705, para ejecutar la losa de la sepultura de la capilla, que nos demuestra no solo la existencia de la misma, sino el auge de la hermandad que, necesitada de dar sepultura a sus hermanos, había construido una cripta en su capilla para ello.”
“Es interesante hacer notar que en algún momento que, de momento, no podemos fechar, en el siglo XVIII la Virgen del Rosario fue trasladada al exterior de la capilla, en concreto al muro que cerraba la capilla funeraria de los Ponce de León paredaña a la suya, gozando así de una mayor visibilidad, pues se colocaba al comienzo de la nave de la Epístola. Sin duda, el hecho de que la imagen se considerase protectora de la collación a raíz de no haberse producido víctimas en el terrible terremoto de Lisboa el 1 de noviembre de 1755, en que la hermandad celebraba su función principal de instituto, haría que la creciente devoción a la imagen determinase el traslado. El año antes, en 1754, mediante testamento se dejan fondos para que se coloque una lámpara en el altar de la Virgen como la que Felipe V y su esposa dejaron en la iglesia parroquial de Castilblanco. De hecho, su retablo fue estrenado el 16 de abril de 1785 , pero al menos en 1773 ya se ubicaba la Virgen allí, cuando el entonces párroco, Manuel García Marchante lo sitúa en ese sitio cuando se refiere a un epitafio existente en el templo.
Un magnífico testimonio gráfico de ello existe en el Museo del Romanticismo, de Madrid, publicado por Manuel García Morales recientemente y que nos permite conocer al altar de la Virgen del Rosario situado en el comienzo de la nave del Evangelio. El cuadro fue pintado por Francisco Cabral Aguado Bejarano en 1856, y efectivamente contemplamos a Nuestra Señora del Rosario en dicha ubicación, mientras se adivina la reja que cerraba la capilla de la capilla de los Ponce de León, con acceso desde el presbiterio.
En 1861, sin embargo, se decidió que la Virgen cambiase de ubicación al unirse las dos pequeñas capillas, la funeraria y la de la hermandad, para crear un recinto único, al que se trasladaría la Virgen con su retablo. De esa forma, se encargaría de colocar, previo su dorado y arreglo, el retablo en la nave de la iglesia, colocándole a la capilla resultante una solería de mármol, y estucando y adornando las paredes, al margen de arreglar su propio retablo. La elevada cantidad, 30.624 reales, en que se presupuestó la obra, solo la podría hacer frente con unos ingresos extraordinarios. Desde 1839 se había acordado demandar a los herederos de Vicente de Torres y Andueza por la no ejecución de la dotación testamentaria de este para sufragar los gastos de la novena a la Virgen, según consta en acta de 6 de octubre. Tras un amplio lapso de tiempo (nada menos que veinticuatro años), el 14 de febrero de 1864, se logró vencer el pleito, proponiéndose destinar la cantidad a la construcción de la capilla. La obra se realizó al fin y consta en un acta de 26 de septiembre de 1869, que la fábrica parroquial había tomado la parte del almacén de la hermandad para depósito de sus útiles y aún no le había cedido el cuarto de las mangas, para correrla con la de los Dolores y formar la capilla proyectada. La obra de la capilla concluyó en 1871, una comisión formada para ello informó que se recaudaron 10.650 reales, y costó 11.020. Los 370 reales de diferencia los aportaron los miembros de la indicada comisión.”
“Además, consta que al no caber las imágenes de San José y San Joaquín, se colocaron en el altar mayor y en la nave lateral de la Epístola, en altares de la parroquia, aunque la propiedad la conservase la hermandad. Por este documento podemos certificar la propiedad de la hermandad de la imagen de San José. En cuanto a la de San Joaquín, quedaría guardado en el almacén, y fue cedido en 1937 a la parroquia de Cartaya. El 19 de julio de 1884, a pesar de la obra realizada sólo trece años antes, la hermandad autorizó a trasladar a la Virgen al altar mayor de la capilla del sagrario, colocando al Señor de la Misericordia en ella.”



